• Daniel Márquez Melgoza (Artículo)

EN RIESGO ARBOLADO DE LA CALZADA DEL ESTRIBO GRANDE


Foto: Internet

Hace unos días escuché la voz de alarma de unos amigos que habían ido a recorrer su sitio favorito de recreación en Pátzcuaro: el cerro del Estribo Grande. Venían alarmados por la destrucción de árboles que habían observado en las obras de remodelación de ese lugar emblemático de los deportistas locales, así como de sus numerosos visitantes de fuera de la ciudad. Tenían idea de que se trataba de un proyecto de remodelación, pero desconocían el proyecto integral.

De mi parte tampoco conocía el proyecto y subí a conocer de lo que hablaban mis amigos. Luego busqué información periodística en la que se daban los principales elementos del proyecto. Con independencia de todo lo demás, lo que me alarmó y preocupó en serio fue el proyecto de demolición del viejo empedrado de la calzada, para sustituirlo por un empedrado ahogado.

Todos sabemos que el objetivo de un empedrado ahogado es garantizar mayor durabilidad, pues la piedra se ahoga en mezcla de cemento; este material hace impermeable el empedrado, aparte de que se asienta sobre un suelo compactado al máximo. Para hacer este trabajo se cava profundo, lo que hace necesario cortar las raíces de árboles que ahí se encuentren. En este caso serán las raíces de los antiguos árboles plantados originalmente en esa calzada desde su construcción en los tiempos de don Lázaro Cárdenas del Río.

El 5 de noviembre de 2004 publiqué un artículo en La Jornada Michoacán que titulé: Tiempos clave de Pátzcuaro, en el que hacía un recuento de las numerosas obras de infraestructura cultural y turística que le debemos al general Lázaro Cárdenas en esta ciudad y municipio. Una de ellas es precisamente el mirador y la calzada del cerro del Estribo Grande, que hoy se encuentra amenazada por este proyecto de remodelación.

Entiendo que los autores intelectuales de este proyecto no se han puesto a pensar en los daños que sufrirá el arbolado tras la colocación del empedrado ahogado, lo que querrá decir que se acortará su vida. Perderá una parte importante de raíces, el cemento y el suelo apisonado sobre ellas impedirán que se filtre el agua y que las raíces más profundas encuentren la humedad necesaria para su existencia biológica, por tanto, sufrirán de estrés hídrico de manera permanente hasta una muerte que es dado anticipar prematura.

El empedrado, tal y como ha estado hasta ahora, permite la filtración del agua y la oxigenación de las raíces; todo eso perderán los árboles con el empedrado ahogado.

Al reflexionar sobre la idea de pasar de un empedrado tradicional a uno de piedra ahogada, bajo la calzada arbolada del cerro del Estribo Grande, es válido preguntarse: ¿qué es más valioso, el empedrado o el arbolado? Es fácil componer o incluso reponer un empedrado tradicional completo, cada vez que se descompone; no así reponer un arbolado que se seca; al menos tendrían que pasar muchos años para que se puedan volver a disfrutar sus servicios ambientales y estéticos que nos ofrece el actual arbolado.

Los promotores del proyecto negarán que se puedan secar los árboles porque les corten las raíces de todo un lado, las que dan al centro de la calzada y se enlazan con las del árbol o árboles de enfrente; dirán que pueden vivir sin ellas, pues les quedarán las de la parte exterior. O dirán que no las cortarán, pero es evidente que lo tendrán que hacer por lo superficial que van en la primera ramificación de raíces: basta echarles un vistazo a las que han sido descubiertas por la erosión en la parte exterior del arbolado.

Prometo abundar al respecto en un texto posterior. Como despedida dejo al lector con la reflexión de lo que le sucedió hace unos años a una hermosísima araucaria con la remodelación de la plaza Vasco de Quiroga: ahí está el tronco seco como un puño en alto en muda protesta por el daño colateral que le tocó en “suerte” sufrir por un monumental descuido de alguien. Si eso pasó en el sitio más visible de la ciudad, nada menos que la plaza Vasco de Quiroga, qué no podrá suceder allá arriba, lejos de las miradas inoportunas e incómodas.

En buen plan (EBP)

Por varias razones tengo un particular apego al cerro del Estribo Grande, ligado por supuesto a su importancia ecológica y de espléndido mirador de su amplio entorno. Participé en el movimiento social para detener la explotación de las minas de grava y arena que se venía haciendo ahí, que desembocó en su declaratoria de Área Natural Protegida (ANP); y formé parte del Patronato del Cerro del Estribo Grande, instancia ciudadana prevista en el proyecto de manejo del ANP, elaborado por la Facultad de Biología de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.

Una de mis responsabilidades fue trabajar en el mantenimiento del empedrado de la calzada arbolada, que se podía hacer de manera periódica con el recurso que entraba por concepto de acceso a los automóviles, que era de 5 pesos; para ello se había colocado una pluma para controlar la entrada al ANP. Fue así como entré en contacto con uno de los empedradores que habían trabajado tanto en la calzada de la avenida Lázaro Cárdenas, como en el propio empedrado del Estribo Grande, muy joven él, casi un adolescente, según me contó.

Por el tipo de obra que se pretende realizar en el ANP, es de esperarse que antes de aprobar el proyecto de remodelación, incluida sobre todo en él la demolición del empedrado histórico en la calzada arbolada, la empresa constructora debió haber presentado ante la autoridad competente, la SEMARNACC, la manifestación del impacto ambiental que se prevé en la Ley General del Equilibrio Ecológico y Protección al Ambiente, para garantizar que no se causará daño al recurso natural que todos querríamos proteger.

Recuerdo que tiempo después del cierre de las minas de grava y arena, alguno de los dueños pretendió continuar de manera autorizada la explotación de dichos materiales; pero para ello debía entregar a la autoridad en la materia la manifestación del impacto ambiental. Dado que el objeto de la explotación de la mina era precisamente extraer materiales de la zona cercana a la cima del cerro, que ya se veía amenazado por el avance de las extracciones, difícilmente podía demostrar que no causaría impacto a ese recurso natural.

Sin duda le fue materialmente imposible resolver tal contradicción, razón por la cual al parecer se desistió de continuar esa actividad económica. Situación un tanto similar podrían enfrentar los promotores de la extracción del empedrado tradicional para reponerlo con uno de piedra ahogada. Cómo demostrar que la eliminación de las raíces de un lado de la parte superior de los árboles no los va a afectar, a la vez que se apisona y hace totalmente impermeable su entorno. Qué se puede pensar cuando leemos: “En su primera etapa este proyecto contempla la demolición del empedrado ya existente para abrir caja y alojar estructura de pavimento en camino y banquetas…”

Por el hecho de estar en una cuenca cerrada que tiene en el fondo un lago con importancia histórica, ecológica, económica y hasta estética, y por tanto turística, que todos queremos preservar, tendríamos que habernos convertido ya en unos habitantes de la región lacustre sensiblemente más preocupados por no impactar con nuestras obras de desarrollo, ciudadanas y públicas, a este recurso. Pero veamos, ha sido el municipio de Pátzcuaro uno de los que más ha afectado ambientalmente al lago del mismo nombre; el otro municipio es Erongarícuaro.

Aparte de las numerosas obras públicas que atraviesan la zona sur del lago (ferrocarril, carreteras, brechas, gasoducto), promotoras de grandes volúmenes de erosión de suelos y azolve, está la ciudad de Pátzcuaro con su desarrollo urbano sin planificación ordenada, promotora de asentamientos humanos irregulares sin infraestructura y equipamientos urbanos, que por lustros y hasta décadas han sido y son causa de erosión permanente a través de sus vialidades de tierra y terrenos baldíos; todo ello al parecer sin hacernos cargo de que nos encontramos en una topografía serrana con gran inclinación hacia el lago, a donde han ido y van a parar suelos y desechos urbanos de todo tipo en cada temporada de lluvia.

Con la lógica de evitar al máximo promover más volúmenes de agua rodada por las vialidades durante las temporadas de lluvia, en ciudades como la de Pátzcuaro se debería estar promoviendo el uso de pavimentos ecológicos al menos en espacios donde no haya razón para rodados pesados de automotores: estacionamientos, plazas públicas, espacios de recreación. Pero no, lo que vemos es una glorificación extrema del cemento, del concreto, del asfalto, soluciones que impiden la infiltración del agua de lluvia y que se conserve la humedad ambiente, y con ello el clima que hace más agradable la convivencia.

En lugar de trasladar al campo soluciones urbanas, como las del cemento y concreto, sería preferible trasladar a la ciudad situaciones del campo, como lo son los árboles, como solución contra el cambio climático: que no haya calles sin árboles en las banquetas, tendría que ser una política pública municipal prioritaria, obligatoria, no sujeta a discusión; en su caso, lo único a discusión tendría que ser las especies de árboles a plantar.

De esa manera dejaríamos de ver planchas de concreto de lado a lado de las calles, en las que el sol reverbera que da gusto, sin nada verde que se le oponga ni por equivocación en ese desierto urbano.

#patzcuaro

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