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Cuando el mundo cabe en una pantalla, pero dejamos de tocarlo

Foto del escritor: Laura Yépez
Laura Yépez
hace 11 minutos
2 min de lectura

Por Alejandro Castañeda


Morelia, Michoacán, 23 de septiembre de 2026.-La tecnología ha transformado profundamente la manera en que las personas trabajan, se comunican y se relacionan con el mundo. Sin embargo, detrás de sus ventajas también surge una pregunta inquietante: ¿qué estamos perdiendo cuando cada vez más experiencias pasan por una pantalla?


En su artículo “Des(hu)manización: la pérdida del mundo y el olvido de las manos”, publicado en Ethic, el filósofo Carlos Javier González Serrano reflexiona sobre la creciente distancia entre el ser humano y su experiencia física del mundo. Su punto de partida son las manos, entendidas no solamente como herramientas, sino como una forma fundamental de entrar en contacto con la realidad. (https://ethic.es/desmanizacion-olvido-manos)


Tocar, abrazar, estrechar una mano, manipular objetos, preparar alimentos o escribir sobre papel son acciones que implican una relación directa con aquello que nos rodea. En cambio, buena parte de la vida contemporánea transcurre mediante interfaces digitales que sustituyen el contacto físico por imágenes, sonidos y movimientos sobre una pantalla.


Uno de los ejemplos que plantea el autor es la escritura a mano. Escribir no sería solamente transmitir palabras, sino también dejar una huella material. La mano, la tinta y el papel establecen una relación física con aquello que pensamos y expresamos.


Esta reflexión adquiere particular relevancia en una época dominada por teléfonos inteligentes, redes sociales y estímulos permanentes. El desplazamiento constante de contenidos —el llamado scrolling— puede convertirse en una experiencia marcada por la inmediatez y la búsqueda continua de nuevos estímulos.


La paradoja resulta evidente: la tecnología promete poner el mundo al alcance de nuestras manos, mientras nuestra relación directa con ese mismo mundo puede hacerse cada vez más distante.


Esto no significa rechazar la tecnología. El desafío consiste en evitar que las herramientas digitales terminen sustituyendo experiencias humanas que necesitan del cuerpo, de los sentidos y de la presencia de los demás, sostiene el autor.


La reflexión también invita a mirar la educación. El desarrollo de habilidades manuales, la escritura, el juego físico, el contacto con la naturaleza y las relaciones cara a cara forman parte de experiencias que difícilmente pueden ser sustituidas completamente por dispositivos electrónicos.


Quizá el verdadero problema no sea cuánto utilizamos la tecnología, sino qué lugar ocupa en nuestra vida, puntualiza el académico.


Porque una sociedad hiperconectada puede tener más medios para comunicarse y, paradójicamente, experimentar mayor distancia entre las personas. Podemos tener miles de contactos y, al mismo tiempo, tocar menos a quienes tenemos cerca.


La pregunta que deja esta reflexión es sencilla, pero profunda: ¿de qué sirve tener el mundo al alcance de la mano si dejamos de tocarlo, sentirlo y vivirlo?

 
 
 

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