Derechos sin deberes: la advertencia de Saramago
- Alejandro Martínez Castañeda
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Por Alejandro Martínez Castañeda
La cultura contemporánea ha convertido la palabra “derechos” en una de las más repetidas del discurso público. Gobiernos, organizaciones sociales, instituciones internacionales y ciudadanos apelan constantemente a ellos para reclamar justicia, igualdad y protección frente a los abusos del poder. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre una pregunta incómoda: ¿pueden sostenerse los derechos humanos en una sociedad que olvida sus deberes?
El escritor portugués José Saramago, Premio Nobel de Literatura y una de las voces más lúcidas de nuestro tiempo, pensaba que no. Consideraba que la arquitectura moral de los derechos humanos estaba incompleta porque había puesto casi toda su atención en las prerrogativas de las personas y muy poca en las responsabilidades que permiten hacerlas realidad. Por ello impulsó la elaboración de una Carta Universal de Deberes y Obligaciones del Ser Humano, una iniciativa que buscaba complementar, no sustituir, la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
La tesis de Saramago era tan sencilla como profunda: ningún derecho puede sobrevivir si quienes lo invocan no están dispuestos a asumir las obligaciones que le corresponden. El derecho a vivir en un medio ambiente sano, por ejemplo, exige el deber de proteger la naturaleza. El derecho a la información requiere el compromiso de respetar la verdad y combatir la desinformación. El derecho a una vida digna implica también la responsabilidad de reconocer la dignidad de los demás.
La observación resulta particularmente pertinente en una época marcada por la polarización, el individualismo y la fragmentación social. Con frecuencia exigimos que las autoridades resuelvan problemas como la pobreza, la violencia, la discriminación o el deterioro ambiental, pero rara vez nos preguntamos cuál es nuestra responsabilidad cotidiana frente a esos desafíos. Pareciera que los derechos son una tarea exclusiva del Estado y no una construcción colectiva que involucra a toda la sociedad.
Saramago advertía precisamente contra esa visión pasiva de la ciudadanía. Consideraba insuficiente esperar que los gobiernos garantizaran los derechos humanos sin la participación activa de las personas. Para él, la democracia no podía reducirse al acto de votar ni la justicia social depender únicamente de las instituciones. Requería ciudadanos conscientes de que cada acción individual tiene consecuencias sobre la vida de los demás.
Esta reflexión adquiere especial relevancia en países como México, donde el lenguaje de los derechos humanos ha ganado presencia en las leyes y en el debate público, pero donde persisten profundas desigualdades sociales. Tenemos derecho a la educación, pero millones de personas abandonan la escuela. Tenemos derecho a la salud, pero amplios sectores carecen de atención adecuada. Tenemos derecho a un medio ambiente sano, mientras los ecosistemas continúan deteriorándose.
La brecha entre los derechos reconocidos y los derechos efectivamente ejercidos demuestra que las leyes, por sí solas, no transforman la realidad. Se necesita una cultura cívica basada en la corresponsabilidad. Los derechos humanos no son únicamente herramientas para exigir; también son compromisos para actuar.
La propuesta impulsada por la Fundación José Saramago y diversas instituciones académicas recuerda una verdad elemental que con frecuencia olvidamos: la libertad no consiste únicamente en reclamar lo que nos corresponde, sino también en responder por nuestras acciones frente a la comunidad. Una sociedad donde todos exigen derechos, pero nadie asume deberes corre el riesgo de convertir los grandes principios en simples declaraciones simbólicas.
Quizá la pregunta más urgente no sea qué nuevos derechos necesitamos reconocer, sino qué responsabilidades estamos dispuestos a asumir para que los derechos que ya existen dejen de ser promesas y se conviertan en realidades. Porque, como intuía Saramago, la dignidad humana no se sostiene únicamente sobre las garantías que recibimos, sino también sobre los deberes que aceptamos cumplir.





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